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Sección: Ecología Integral

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diablo verdeSobre la reciente compra de Vegetalia por la transnacional Ebro Foods

M.ª Ángeles Fernández y J. Marcos

Del rroz, la pasta y las salsas al seitán, el tofu y el tempeh. De la agroindustria a la agricultura ecológica. De las transnacionales a los huertos. Del consumo voraz al sosegado. De los acaparamientos a los cuidados. La adquisición realizada por la transnacional Ebro Foods de la empresa de alimentación ecológica Vegetalia no es una operación financiera al uso; es el ejemplo más evidente de la entrada de los grandes capitales financieros en formas de consumo que apuestan por una alimentación basada en la soberanía alimentaria y en la ecología.

El nombre suena cercano, fresco y natural, pero Ebro Foods esconde un conglomerado que opera en más de una veintena de países y que está formado por otras tantas empresas con sede en Varsovia, Teruel o Nueva Delhi. El ‘dónde estamos’ de la compañía suma una nueva chincheta en la comarca barcelonesa de Moianès, la sede de Vegetalia, con masía de piedra incluida y paneles solares para la autogestión. Una de las grandes empresas de la agroindustria del Estado español se ha hecho con la pionera de la alimentación ecológica. Y no es casual.

Agro Nuria Glez

De la exposición Nuestras raíces unidas a la tierra. Fotos: Nuria González

Pescado Nuria Glez

 Allá por 1986, Salvador Sala Druguet decidió «dar un nuevo sentido a su vida» y compartir su «camino de desarrollo» con los demás, como cuenta en una entrevista de la Asociación Vida Sana. Con esa filosofía fundó una de las primeras empresas de alimentación ecológica, vegetariana y vegana en España, que comercializa alrededor de 1500 productos, que es pionera en la fabricación de proteína vegetal, que cuenta con más de 80 personas empleadas y que facturó 11,5 millones de euros en 2016, dos más que en el ejercicio anterior.

Ebro Foods ha pagado 15 millones de euros por hacerse con ella. Por entrar en el mercado de lo que representa. Un año antes, ya había mostrado su nueva estrategia empresarial al comprar el grupo francés Celnat, «pionero en el campo de la alimentación biológica y uno de los fabricantes de cereales orgánicos más importantes de Francia», según la nota informativa que difundieron en su día. Por la francesa, que facturó unos 22 millones de euros en 2015, pagaron 25,5 millones para «reforzar su posicionamiento en el ámbito de la salud, otorgar una mayor relevancia al papel que la categoría Bio va a desempeñar dentro del grupo y situarse estratégicamente en el marco de las nuevas tendencias en alimentación», explicaron entonces.

Va quedando claro: más que compartir una filosofía de entender la alimentación y el consumo, la compra de estas dos importantes firmas busca entrar en unos mercados ajenos a su quehacer diario. Es decir, quieren ganar más dinero. Sus cifras de negocio así lo confirman: en el primer trimestre de 2017, Ebro Foods ha obtenido unos beneficios de 51,6 millones de euros, un 19 % más que el año anterior. Unos guarismos «positivos», explica en una nota de prensa la empresa, que no ha respondido a las preguntas de este medio: «El acierto en el posicionamiento de todas nuestras grandes marcas, europeas y norteamericanas, en los segmentos de la alimentación orgánica y el healthy food está posibilitando la apertura de una nueva vía de crecimiento para el grupo, situándonos a la vanguardia de las nuevas tendencias en alimentación. En este sentido, destacamos la incorporación de la sociedad Vegetalia, el pasado mes de enero, a la división Bio de la compañía».

UN SECTOR EN AUMENTO

Los datos oficiales confirman que el consumo de productos ecológicos crece en España. En 2015 se acercó a los 1500 millones de euros (un 24,5 % más con respecto a 2014): «El gasto en productos ecológicos ha crecido mucho más intensamente que el gasto en alimentación y bebidas convencionales, crónicamente estancado en los últimos años», recoge el informe «Caracterización del sector de la producción ecológica española, en términos de valor y mercado, referida al año 2015» (disponible en PDF), publicado por el Ministerio Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente.

El documento añade que «es indudable que esta evolución de la demanda interior de alimentos ecológicos terminará por animar a toda la gran distribución y a muchas grandes industrias alimentarias a interesarse por tomar en consideración y atender, con cada vez mayor competitividad y promoción, este creciente segmento del mercado agroalimentario español». Lo de Ebro Foods no es casual.

Phil Howard, profesor de la Universidad de Michigan e investigador en cuestiones de agricultura y alimentación, explica en conversación con este medio que «las grandes empresas se sienten atraídas por la innovación y las tasas de crecimiento mucho más altas en comparación con los productos alimenticios convencionales. Es más fácil para un gran conglomerado comprar una compañía que ha incorporado con éxito una nueva categoría de productos que invertir en innovación desde dentro. Las grandes quieren aumentar su poder en el futuro, y estas adquisiciones les dan el control sobre nuevos segmentos de mercado».

La tendencia no es territorial. En los 15 primeros años de este siglo, el consumo mundial de productos ecológicos se ha multiplicado casi por seis, pasando de 11.500 millones de euros en 2000 a los 65.000 millones de euros estimados para 2015 (fueron 60.600 en 2014), según el mismo informe. El Ministerio también estima que la tendencia seguirá en aumento porque habrá «una implicación cada vez mayor y más importante de la industria y la distribución convencionales en la elaboración y venta de productos ecológicos, ante la perspectiva de mejores ratios de consumo y ventas».

MOVIMIENTOS DEL SECTOR

Es significativo que Amazon haya comprado Whole Foods, una cadena de supermercados con presencia de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido, líder en la venta minorista de alimentos ecológicos.

El cambio de manos de Vegetalia confirma una tendencia. La empresa propietaria de Cola Cao y Nocilla (Idilia Foods) compró Biográ. Ya antes, Natursoy, fundada por Tomás Redondo, socio inicial de Salvador Sala Druguet en Vegetalia, fue adquirida por el conglomerado francés Nutrition&Santé. La multinacional Danone comercializa en España yogures ecológicos tras adquirir una empresa de Estados Unidos. La lista es larga. De hecho, en Estados Unidos, que marca la tendencia, existe un gran movimiento de compraventa de empresas con etiquetas bio y ecológicas: Coca-Cola o Kellogg son algunas de las que ya tienen presencia en el sector. «Todas las estadísticas indican que el consumo de ecológicos en España está en alza y el gran capital está viendo esto como una oportunidad de negocio. Estos productos son una vía de diferenciación que está adoptando para poder competir», explica a esta revista Diego Roig, director de la consultoría Ecological.bio.
Las grandes empresas agroindustriales, los fondos de inversión y la gran distribución no escapan de esta radiografía. Es significativo que Amazon haya comprado, a cambio de 13.700 millones de dólares, Whole Foods, una cadena de supermercados con presencia de Estados Unidos, Canadá y Reino Unido, líder en la venta minorista de alimentos ecológicos. En el Estado español, Amazon ya comercializa platos ecológicos de la empresa Cocina Maruma. Y Carrefour abrió la pasada primavera su primera tienda Bio en España, en la que vende sus propios productos. Spar, por su parte, también ha abierto dos tiendas similares en Canarias, mientras que El Corte Inglés ha creado una «isla» de productos ecológicos.

Los cambios en la propiedad no son meramente operaciones financieras, sino que implican cambios en los principios que están detrás de la producción ecológica. ¿Qué pasará con la soberanía alimentaria, con la vertebración del territorio, con el respeto del medio ambiente, con los cuidados, con la cercanía…? «En el futuro, todos esos esfuerzos para crear alternativas a los productos de grandes empresas y sus impactos negativos serán absorbidos por las propias grandes compañías. Aunque temporalmente algunos de estos impactos pueden ser abordados», reflexiona Phil Howard.

Más optimista se muestra Diego Roig, quien considera que habrá espacios tanto para las personas que consumen productos más convencionales como para aquellas otras que tienen en cuenta los principios de la alimentación ecológica. Y matiza: «Es positivo el hecho de que haya productos ecológicos en grandes empresas, porque da visibilidad y significa la entrada en sitios que hasta ahora no era posible; aunque si eso supone que se equiparen a la forma de funcionar del sistema agroalimentario, puede ser un riesgo».

El reto no parece sencillo observando el caso de Ebro Foods. ¿Quién es esta empresa?, ¿qué principios la sustentan?

UN PERFIL DUDOSO, EBRO FOODS

Los datos confirman que el objetivo de Ebro Foods es obtener más beneficios y sumar más y más ganancias cada año. Para lograrlo, sus estrategias han sido diversas, algunas carentes de ética y opuestas a los principios de la agricultura ecológica y de la soberanía alimentaria. De hecho, como agroindustria transnacional, la actividad y la forma de funcionar de Ebro Foods provocan una serie de impactos, como los de su planta arrocera en Marruecos.

Un informe de Veterinarios Sin Fronteras se hace eco de la denuncia de las comunidades campesinas de la localidad marroquí de Chlihate sobre la ocupación de tierras y de recursos naturales por parte de la transnacional arrocera: «En una zona de una alta riqueza agrícola, con tierras muy fértiles, la población no solo se ha quedado sin trabajo, sino también sin tierras para producir alimentos. La ocupación por parte de Ebro Foods de las pocas tierras que rodeaban el pueblo fue la gota que colmó el vaso de una clara vulneración del derecho a la alimentación de la población local provocada por la empresa y auspiciada por el gobierno marroquí». El resultado de esta industria ha sido, recoge la oenegé, más pobreza y emigración.

 Ebro Foods desarrolla estrategias diversas, algunas carentes de ética y opuestas a los principios de la agricultura ecológica y de la soberanía alimentaria.

Maite Navalón Gómez relata en su trabajo de fin de grado, publicado por la Universitat Politècnica de València, que «uno de los impactos más importantes que ocasiona este gigante es el control que ejercen dentro del sector y que hace imposible la competencia de productos autóctonos o ecológicos». De hecho, en 2013 fue condenada por pactar precios. El País recoge que «ser el líder mundial en arroz y el segundo en pastas permite a Ebro estar en óptimas condiciones para negociar precios de los cereales básicos para sus productos». Y en sus conclusiones, Navalón apunta que «las agroindustrias no generan bienestar social ni riqueza para la sociedad, no generan empleo digno ni respetan la soberanía alimentaria».

Tampoco generan vertebración de territorios rurales, ni fomentan relaciones basadas en los cuidados, ni sostenibilidad; sus prácticas están regidas por principios neoliberales, como las que aplican los fondos de inversión o las complejas telas de araña formadas por intereses empresariales y especulativos.

Ebro Foods es una sociedad participada y dirigida por Antonio Hernández Callejas. Entre sus accionistas destaca un 10,3 % de fondos estatales públicos, a través de la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI); el 10 % de la familia March (mediante Corporación Financiera Alba); y otro tanto de Damm. Esta cervecera pertenece a una de las familias, los Carceller, que aparecen en la lista Forbes e hizo su fortuna durante la dictadura franquista, habiendo sido condenada por varios delitos contra la Hacienda pública, y está igualmente vinculada a los papeles de Panamá, según algunas informaciones. El actual vicepresidente de Ebro Foods, Demetrio Carceller, eludió la cárcel tras pagar una multa.

Siguiendo con el accionariado, destaca también el 7,9 % que está en manos de los herederos de Juan Luis Gómez-Trenor Fos (fallecido recientemente, fue uno de los hombres fuertes de Coca-Cola en España y uno de los más ricos del país, según Forbes), así como la presencia de la familia del presidente Hernández Callejas: por un lado, a través de Hercalianz Investing Group (que controla al menos parte del Instituto Hispánico del Arroz y está representada en el Consejo de Administración por Félix Hernández Calleja, hermano del director de Ebro Foods) y, por otro, por el Grupo Tradifín (vinculado también al Instituto Hispánico del Arroz y representado por Blanca Hernández, exconsejera de Prisa). La también presidenta de la Fundación Ebro gestiona el fondo de inversión que controla Soixa, la sicav familiar, instrumento financiero con el que solo pagan un 1 % de impuestos.

La vinculación con fondos públicos de esta transnacional no llega solo a través de la participación del Ministerio de Hacienda con la SEPI en su accionariado, sino también con subvenciones directas como las de la Política Agraria Común (PAC). La familia Hernández se embolsó en 2016 más de 28 millones de euros, mientras que la familia Carceller sumó más de 9 millones.

Hasta el año 2010 no se publicó por primera vez la lista de las personas o entidades beneficiarias de estas ayudas europeas, y se hizo con mucha oposición teniendo en cuenta los nombres que escondía. Las familias presentes en Ebro Foods se llevan parte del pastel de estos fondos, que nacieron para apoyar las estructuras agrícolas y ahuyentar el fantasma de la falta de recursos en la posguerra mundial. La experta en política ambiental y agraria de la Asociación Trashumancia y Naturaleza, Concha Salguero, explica que «la PAC se ha convertido en una política financiera, hay muchos grupos de interés detrás de las subvenciones. Si escarbas en las empresas, al final está detrás el sector financiero».

M.ª Ángeles Fernández y J. Marcos
Periodistas freelance

Charla de Solyeco en la Expo ECOVIDA NATURAL en Burgos

30 mayo, 2017 @ 9:55
malagasolyeco

charla ecovidaEl viernes 9 de Junio, a las 19:10, en la sala 3 del Forum Evolución de Burgos, impartiremos una charla sobre “Salud y Solidaridad en el Hogar” en el marco de la Expo Ecovida Natural. Una buena ocasión para conocernos mejor y dialogar.

diablo verdeLa agricultura ecologica en la trampa de la gran distribucion

por Sophie Chapelle 10 de diciembre de 2012

Los productos ecológicos han aparecido en los estantes de los supermercados. Pero detrás de la etiqueta de “ecológico” también hay enormes explotaciones que contratan trabajadores muy mal pagados y sin derechos, y que se exportan a todo el mundo. Dentro de la etiqueta “ecológico” también se encuentran productos químicos y otras muchas cosas. El periodista Philippe Baqué, en su libro Lo ecológico, entre la visión de empresa y un proyecto de sociedad, ha denunciado las derivas de la Industria de lo ecológico.

Basta ! : Hay cada más productos ecologicos en los supermercados. Pero la superficie agricola que se destina al cutivo ecologicos sigue estancada en los mismos niveles de hace unos anos, en Francia (3%). ¿Cómo explicar este contrasentido?

Philippe Baqué [1]: Se asiste desde hace 15 años a un desarrollo fulgurante de la agricultura ecológica. Habría unos 40 millones de hectáreas de cultivo ecológico en todo el mundo, según la Agencia de Cultivo Ecológico ( o su equivalente en Alemania y Suiza). Los dos tercios de esta superficie son praderas que pertenecen a grandes explotaciones, donde se alimentan rebaños, la mayoría de los cuales no se venden como ecológicos. Es el caso de Argentina, donde el 90% de los 4,4 millones de hectáreas etiquetadas como ecológicas son tierras destinadas a la cría de ovejas que pertenecen a inmensas explotaciones.

Aparte de estas áreas de cultivo, la mayoría de las superficies de cultivo ecológico certificado pertenecen a grandes explotaciones, especializadas en monocultivos de exportación: soja, aceite de palma, maíz o quinoa. Esta agricultura ecológica certificada está creciendo sobre todo en América Latina (el 26% entre 2007 y 2008), en Asia (10%), África (6%), allí donde la gente consume muy poco de lo que produce. Estos países exportan a Europa. Japón y América del Norte. Este modelo de Agricultura Ecológica reproduce el modelo Agrícola Industrial, con los agricultores del Sur al servicio de los consumidores del Norte, haciéndoles más dependientes.

 ¿Cuál es la estrategia de negocio de las empresas Bio?

Es una verdadera OPA de los supermercados, que han visto en lo ecológico un mercado emergente que hay que explotar a cualquier precio. Hoy en día, en Francia, el 50% de los productos ecológicos se venden en los supermercados. ¡Es una cantidad enorme! Los supermercados basan su estrategia en la “democratización” de los productos ecológicos. Desarrollan importantes campañas publicitarias, como los supermercados Auchan, que ofrecen 50 productos por menos de 1 euro. Esto lleva hacia la Agricultura Industrial Intensiva, con la importación de grandes cantidades de estos productos a precio reducido. Francia se ha convertido en el principal importados de productos ecológicos, después de haber sido un país exportador.

En el terreno de las frutas y las verduras ecológicas, los grandes distribuidores reproducen en lo ecológico lo mismo que hacen en el sector convencional. Hay zonas que se especializan en una determinada producción: la provincia de Almería se ha especializado en el tomate, el pimiento, el calabacín y la berenjena; en la provincia de Huelva, las fresas. Pero encontramos los mismos productos en la llanura de Agadir en Marruecos, o en el sur de Italia. Los productores de cultivos ecológicos están en plena competencia en toda la cuenca mediterránea. Si el coste del tomate es muy alto en Almería, lo buscan en Marruecos. El único coste que se puede ajustar es el de la mano de obra agrícola, a la que se explota, en su mayoría inmigrantes y con pocos derechos.

¿Esta estrategia de marketing no está en conflicto con la legislación europea? ¿La legislación laboral no se aplica en la agricultura ecológica?

 

El nuevo reglamento de la UE sobre la agricultura ecológica, que entró en vigor el 1 de enero de 2009, ha sido adaptado para apoyar el desarrollo de esta Agricultura Industrial Intensiva, y la competencia con otras áreas de producción. Se reduce a principios agronómicos, a técnicas y no establece criterios sociales. No se tienen en cuenta las condiciones de trabajo, ni el tamaño de las explotaciones.

El problema del transporte no se tiene en cuenta. El hecho de que los tomates o las zanahorias procedan de Andalucía o Israel, y se distribuyan mediante camiones por toda Europa no entra en contradicción con la normativa europea. Citemos por ejemplo el caso de la soja ecológica importada desde Brasil, que proviene de enormes explotaciones de 5.000 a 10.000 hectáreas sustraídas de los bosques primarios en el estado de Mato Grosso. El reglamento europeo no prohíbe que los productos ecológicos se cultiven en tierras deforestadas. Lo mismo ocurre con el aceite de palma que importa en grandes cantidades desde Colombia, donde los campesinos fueron desalojados de sus tierras a fin de poner en marchas este tipo de cultivos.

¿No hay riesgo para los consumidores, engañados por estos “productos ecológicos?

 Si se sigue en esta línea, la gente no sabrá cuál es una cosa y cuál otra. Se está muy lejos del espíritu de la Carta de 1972 de la Organización Internacional de Agricultura Ecológica (IFOAM), que contenía fuertes principios agronómicos, ambientales, sociales y políticos. Era una cuestión de transparencia, de justicia en el precio, de solidaridad, de no explotación de otros países, de cooperación con el Sur, de diversidad y proximidad en el consumo. Hoy en día, las especificaciones de lo ecológico han escapado totalmente de la mano de los campesinos, aunque los colegios profesionales estén invitados en las discusiones. Al final, son los técnicos de Bruselas, sometidos a presión por los lobbies, los que definen las reglas. Prohíbe a los Estados adoptar reglas más estrictas. Existe el peligro real de que lo ecológico pierda totalmente su sentido.

Afortunadamente algunas marcas tienen unas especificaciones más estrictas que las normas europeas. Tal como ocurre con Naturaleza y Progreso, Demeter, BioBreizh o Bio Cohérence, que apuestan claramente por la Industria ecológica. Algunos productores no quieren la certificación europea y han desarrollado sistemas alternativos de garantía: una revisión basada en la confianza, en presencia del consumidor y el productor. Si detectan que algo funciona mal, ayudan al agricultor a mejorar sus prácticas. Es una lógica de intercambio y solidaridad.

 

Explica usted que no quiere diabolizar esos agricultores. Los que estan en este sistema de la agricultura ecologica industrial pueden cambiar y salir de este sistema?

Los agricultores se convierten en subcontratistas. Están obligados con las todopoderosas cooperativas agrícolas. La cría intensiva de pollos ecológicos está dominada por cooperativas como Terre du Sud, MaïsAdour o Terrena, ilustrando esta tendencia. En Lot-et-Garonne, por ejemplo, Terre de Sud ha contratado recientemente a los productores, a menudo endeudados, para la cría del pollo ecológico. Se les garantiza un contrato con los grandes distribuidores y los servicios de restauración. La cooperativa les busca financiación, instalaciones, equipos, asesoramiento técnico. Por su parte, el productor firma un contrato por el que se compromete a comprar los pollos para su cría, la alimentación que van a recibir, los productos químicos y otros tratamientos sanitarios [2]. Debe vender toda su producción a la cooperativa, que es la que determina los precios.

Un ejemplo: un productor que firma para la cría de 40.000 pollos. Debe invertir 250.000 euros. La Cooperativa le puede subvencionar con 50.000 euros, el resto lo obtiene mediante un préstamo de un banco. Endeudado desde el principio, el granjero está sometido completamente a la voluntad de las cooperativas, pudiendo decidir que debe producir otra cosa si considera que el pollo ecológico no es lo bastante rentable.

 

¿En cada uno de estos sectores industriales, pollo, soja, café, aceite de palma, frutas y verduras, existen alternativas ecológicas locales?

Sea cual sea al país que vayamos, nos damos cuenta de que la agricultura no tiene otra salida con el actual sistema agroindustrial, ya sea ecológica o no. He tenido relación con un productor de Almería, lugar donde se concentran la mayor cantidad de invernaderos de todo el mundo. Sus padres se vieron atrapados en este ciclo de producción de frutas fuera de temporada para la exportación. Durante varios años se ha negado a ampliar el negocio. Ha viajado mucho para conocer a otros agricultores ecológicos. Hoy en día, en medio de este mar de plástico, con dos hectáreas de invernaderos y dos hectáreas a campo abierto, sólo obtiene productos ecológicos, emplea variedades locales de semilla y sólo vende a los consumidores de Andalucía. Las formas de resistencia son abundantes: cooperativas agrícolas familiares, comunidades o grupos, cultivos asociados, sistemas agroforestales, permacultura, etc.

 

¿Un cambio en las prácticas no supone también una reflexión sobre la distribución?

El sistema AMAP (Asociación para el Mantenimiento de la Agricultura Local) alentó las prácticas de miles de agricultores franceses. También se desarrollaron de forma espectacular los grupos de consumo. En Lot, por ejemplo, los beneficiarios de la RSA decidieron unirse para consumir productos ecológicos locales. Con una crítica bastante radical de la distribución a gran escala, tienen una relación directa con los productores. En el Aveyron, un grupo ayudó a uno de sus miembros a establecerse como productor local. Planteamientos más amplios sobre los alimentos están comenzando a establecerse.

 

¿La cuestión del precio es algo esencial?

Con unos precios más asequibles se asegura una competencia contra los grandes distribuidores. Pero nunca hablamos del precio real de los productos convencionales. De un tomate convencional producido industrialmente en España, nunca hablamos de los costes del transporte, el coste medioambiental, las subvenciones que recibe y que pagamos todos. Y aún menos se habla de los problemas de salud ocasionados por los plaguicidas. Teniendo en cuenta todo esto, con los márgenes de los intermediarios y de los supermercados, el precio del tomate ecológico se acerca al precio del tomate convencional. No es normal que quienes paguen la certificación sean los productos ecológicos. El que contamina es el que debe pagar. Y los horticultores que trabajan 14 horas al día, seis o siete días a la semana, es esencial que reciban un precio justo por su trabajo.

 

¿La agricultura ecológica debe conllevar un proyecto social?

La agricultura ecológica no es un fin es sí mismo. Es parte de un movimiento más general basado en el respeto al hombre y la naturaleza. Hay discusiones entre los expertos de si la agricultura ecológica pude alimentar al mundo en el año 2050 o no. La agricultura ecológica no puede alimentar al mundo si no cambiamos el sistema político; si no detenemos las emigraciones masivas a los barrios pobres de las grandes ciudades; si no dejamos de emplear la tierra para los monocultivos industriales para alimentar a los países ricos y a los vehículos; si no acabamos con el capitalismo financiero, el más salvaje que jamás haya existido.

Lo ecológico nos debiera llevar a considerar una sociedad más justa que en la que vivimos. En la actualidad existe un amplio movimiento social, aunque no muy organizado, pero que es portador de una nueva visión de la sociedad, muy extendidas por todo el territorio de nuestro país. La agricultura ecológica no puede existir sin los campesinos. Si no se acaba con la Agricultura Industrial, sólo estaremos acelerando la desaparición del mundo campesino.

 

Recogido por Sophie Chapelle

Ecología integral. Editorial Revista Autogestión 115

7 octubre, 2016 @ 12:16
malagasolyeco

portada-agUn ciudadano norteamericano o un europeo consume de media entre 100 y 200 veces más recursos que un africano. Si comparamos el desnivel de consumo con un etíope la relación es de 400 a 1. La huella ecológica para sostener a un norteamericano ronda las 10 hectáreas, más o menos 10 campos de futbol, 100 veces más que un afgano. ¿Quién sobra? ¿Quien contamina? ¿Quién degrada más el medio ambiente? ¿El rico o el empobrecido?

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